MEMORIA Y SILENCIO EN LA NARRATIVA CHILENA
A PROPÓSITO DE LOS CONVIDADOS DE PIEDRA DE JORGE EDWARDS Y EN ESTE LUGAR SAGRADO DE POLI DÉLANO.
Maria del Pilar Vila – Universidad Nacional del Comahue (Argentina)
Si algo debe quedarnos como lección del reaprendizaje de la memoria que cuerpos y lenguajes debieron practicar en el Chile de la desmemoria, es saber que el pasado no es un tiempo irreversiblemente detenido y congelado en recuerdo bajo el modo del ya fue que condena la memoria a cumplir la orden de restablecer servilmente su memoriosa continuidad. El pasado es un campo de citas atravesado tanto por la continuidad (las formas de suponer o imponer una idea de sucesión) como por las discontinuidades: por los cortes que interrumpen la dependencia de esa sucesión a una cronología predeterminada. Sólo hace falta que ciertos trances críticos desaten esa reformulación heterodoxa para que las memorias trabadas por la historia desaten sus nudos de temporalidades en discordia.[1]
De esta cita me interesa tener en cuenta algunos aspectos relacionados con la memoria y el olvido dado que ambos están fuertemente vinculados con la historia cotidiana de los hombres y, en el caso de la escritura, con la narrativa de dos escritores chilenos: Jorge Edwards y Poli Délano. Memoria y olvido operan como pares que se contienen mutuamente: recuperar el pasado para que no se olvide pero, también, olvidar para poder seguir viviendo.
La narrativa chilena ha puesto en escena un tiempo conflictivo que ha dejado profundas huellas en la sociedad; escritores coetáneos a Edwards y Délano produjeron novelas o cuentos que así lo atestiguan. Hernán Valdés, José Donoso y Diamela Eltit, entre otros, revitalizaron la memoria y rescataron del olvido momentos difíciles y conflictivos de la historia fáctica. Y lo hicieron con distintas estrategias narrativas, construyendo metáforas del cuerpo, del espacio y de los hechos mismos. El propósito fue atravesar el “cerco de púas” que impedia decir y mantener el recuerdo de lo acaecido como un modo de fundar un espacio de resistencia.
Los convidados de piedra y En este lugar sagrado de Jorge Edwards y Poli Délano, respectivamente son dos novelas que considero representativas de esta etapa de la vida chilena. El tiempo histórico que está presente es el de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), ese general que sostenia que “no se mueve ninguna hoja de este país si yo no la estoy moviendo”.
Los convidados de piedra, publicada en 1978, constituye un espacio privilegiado para leer el proceso vivido por los chilenos durante la dictadura de Augusto Pinochet. En tiempos de dictadura, la literatura es un ámbito de disidencia intelectual y logra filtrarse por los pequeños espacios que dejan los procesos militares (Sarlo, 1987:32). En estas circunstancias, un significativo sector de la sociedad no puede acceder a los medios de comunicación ni logra expresarse o disentir con las políticas imperantes, es decir, es silenciado. Esto genera que no existan lugares públicos en los que el ciudadano pueda reaccionar contra los hechos que suceden y que se vea, por lo tanto, obligado a buscar ámbitos privados desde los que pueda mirar críticamente la situación[2]. El pasado no desaparece sino que regresa habiendo perdido sus ilusiones y emerge como antagónico del presente generando “una crisis de cultura” que ha servido para exhibir la separación “entre una cosmovisión y la historia concreta” (Zurita, 1981). La literatura como resultado de experiencias inmediatas posibilita que esas experiencias sean elevadas a un “un rango simbólico que universaliza la figuración poética para hacerla representativa de una experiencia histórica de toda la sociedad implicada” (Zurita,1985:1).
En el caso chileno, ese momento de quiebre tiene fecha y protagonistas: 11 de septiembre de 1973 y Pinochet. Es éste un tiempo que puede ser registrado de modo concreto y categórico de manera que permite analizar las articulaciones entre las producciones culturales – en particular las literarias – y el tejido social.[3]
Los convidados de piedra y En este lugar sagrado en claves diferentes, con distintas perspectivas y procedimientos narrativos repasan la historia chilena y en particular el proceso que se inicia en 1973. En el caso de Los convidados... la nota aclaratoria que abre la novela advierte al lector acerca del modo en que ésta fue gestada y en ese acto se cruzan dos modos de apropiación de la historia: por un lado “el trasfondo histórico”, es decir la Historia, por otro, “la memoria personal o ajena” es decir la historia menuda recogida por voces cotidianas y a veces anónimas, las que son acompañadas por la experiencia de quien ha vivido parte de ese tiempo.
La novela está atravesada por referencias a la historia socio-política de Chile correspondientes al gobierno de Salvador Allende, su posterior caída y el inicio de la dictadura. Los personajes transitarán por una sociedad que, a partir de la interrupción del proceso democrático verán obturados los vínculos sociales. Las referencias a esa época abundan, unas de modo explícito en tanto que otras apelan a la competencia lectora; no obstante, el texto está saturado de detalles que permiten recomponer el clima social y político de la época.
La alusión al “toque de queda” es el eje temporal que desata la narración; esta circunstancia ancla el tiempo no sólo en cuanto a las acciones de los personajes sino también en una etapa de la vida chilena que ha dejado profundas marcas en la sociedad. El otro eje se centra en la historia de los últimos 80 años de Chile. Los dos tiempos históricos se complementan: pasan conjuntamente los casi 80 anos de historia y el presente que, por oposición, conforma muy poco tiempo, tan sólo veinticuatro horas correspondientes la iniciación de la dictadura.
El detenimiento en la historia pasado – tanto de Chile como de los protagonistas — conforma un entramado que se entronca directamente con el presente en la medida en que los hechos recordados de la historia del país remiten a otras épocas de la política chilena. De manera que la novela, articulada sobre dos ejes temporales, señala la repetición de algunos hechos y la reaparición de personajes que condensan distintas miradas sobre circunstancias similares. La presencia de más de un narrador posibilita que el lector se enfrente con una visión múltiple de los acontecimientos, o al menos, que registre desde ángulos diferentes a la historia.
El hilo conductor lo constituye la conversación en torno a la nueva situación que se vive, sin excluir un mirada descarnada sobre la sociedad de la época. La conversación, como modo de vincular lo cotidiano con “las categorizaciones y representaciones de mundo que ese lenguaje trae consigo” permite que la literatura mediatice “el régimen de conversación en el cual está inserta” (Zurita, 1985:300). Sin embargo, cuando la sociedad sufre un cambio sustancial y violento, como es la interrupción de un gobierno legitimamente elegido por el pueblo, “todo el código señalético del lenguaje al dejar de significar determinados conjuntos de representaciones en función de otros” (Zurita, 1985:301) pierde la nitidez y obliga a generar nuevos procedimientos para poder decir lo que no se puede decir. De allí que en esta época, “el autoconfinamiento pase a ocupar el lugar que ejercían los sitios públicos, la asamblea, el sindicato, la universidad” (Zurita, 1985:301), para que aparezcan nuevos lugares, más privados, más secretos en los que se produzcan encuentros y conversaciones más veladas y la metáfora constituya la figura por excelencia.
Una de las razones para que la democracia chilena cayera frente a las fuerzas armadas dirigidas por Pinochet fue la existencia de una ‘sociedad civil débil’, circunstancia que posibilitó que los conflictos políticos se trasladaran al conjunto de una sociedad que no era autónoma y que reflejaba los conflictos que venían del mundo político. (Garretón, 1995:57)
La novela de Edwards registra muchos de esos conflictos pero, básicante, alude a lo que sucedió después del 11 de septiembre de 1973. En ese sentido, la situacíón generada entre los “que se quedaron” y los “que se fueron” conforma un núcleo temático interesante, especialmente si se tiene en cuenta que constituye un problema presente no sólo en la literatura sino en la sociedad latinoamericana.
En el análisis que el sociólogo chileno Manuel Garretón realiza del papel de las Fuerzas Armadas en los tiempos previos y durante el golpe del 73, destaca que la institución se asignó dos papeles diferentes, los que fueron cumplidos en etapas también diferentes: se vio a si misma como la depositaria del cumplimiento del deber constitucional y entendió que era la única alternativa para restituir el orden y ayudar a superar la crisis. Entre octubre de 1972 y septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas abandonaron el proyecto institucional de apoyar la Constitución y optaron por sentirse como la vía de recuperación del orden y por ello deciden tomar el poder (1995:68). De este modo, la ‘unidad monolítica de las Fuerzas Armadas’ y el ‘caos marxista’ conformaron el discurso que declaró la guerra al gobierno de Allende.
Los convidados de piedra registra este pensamiento que se había instalado en muchos sectores de la sociedad chilena. Sabido es que los golpes de estado no pueden existir solamente con el apoyo de los golpistas visibles. Hay un entramado social silencioso y oculto que apoya o demanda el accionar de los golpistas. El siguiente recorte es por demás significativo de lo mencionado:
Un verdadero escarnio! Por eso, llegado el momento, cuando todos los caminos pacíficos se habían revelado agotados y cuando se había visto que la hidra de la tiranía extendía sus tentáculos desde el palacio de la Moneda, manejada por la mano maquiavélica del Champudo y apoyada en el pueblo ignorante, en la demagogia, en los advenedizos del más variado pelaje, en una turbia mezcla de siúticos y hampones, no había quedado más remedio que levantarse en armas. (p. 92)
afirmación que se vincula con lo se ha denominado “desconfianza implícita con respecto a lo político-partidista” (Zurita, 1985:314) y que se relaciona con ciertas coincidencias observadas entre el discurso de la literatura y el discurso oficial ya que éste expresa una cierta forma de practicar “la negación del concepto de política y de partidos políticos”.
La voz de Edwards está presente en el modo en que lee su tiempo, su colocación ante los hechos políticos y la manera en que registra todos estos cambios, aspectos que se observan no sólo en esta novela sino en la mayoría de sus trabajos y inclusive, en su correspondencia privada. En carta enviada a Mario Vargas Llosa alude a los problemas generados por las situaciones castrenses “en las que las susceptibilidades, la gente con que no se puede conversar, los lugares donde no se debe ir, los diarios donde no conviene aparecer, forman un tejido de censuras”.[4]
El escritor, como representante de “la intelectualidad pequeño burguesa”, construirá un discurso y, a través de él, una visión del mundo que remitirá al cambio que se estaba operando en la sociedad y al modo en que debía reacomodarse dentro de este nuevo esquema (Vidal, 1985:15).
El modo de decirlo será, naturalmente, figurado por cuanto, en esas condiciones de producción, no tiene otra alternativa que la de buscar mecanismos narrativos que pongan al lector frente a una situación que debe ser silenciada pero que se desea representar. Lo que se intenta mantener es “una relación móvil y dinámica entre los sentidos comunes de la experiencia, los sentidos impuestos por el discurso autoritario y el conjunto de sentidos construídos en los años inmediatamente anteriores” (Sarlo: 1987:46).
Como decíamos, emergen en la novela dos grupos que, en la práctica, se conforman como antagónicos y que han dejado sus huellas en la sociedad chilena: los que se quedaron y los ausentes. Unos son los sobrevivientes, los otros los que “aun cuando se hubieran equivocado de medio a medio” tuvieron una actitud crítica frente a la situación política del país; unos son espectadores, otros, actores.
La novela circula por un antes y un ahora;un antes que remite no sólo a la niñez de los protagonistas sino a otros registros de la historia de Chile, en particular a partir del ano 1969. El ahora es el tiempo del toque de queda, del encierro, del ámbito privado. La historia se inicia con el festejo del cumpleaños de Sebastián Agüero; el narrador busca marcar el tiempo no sólo aludiendo a los cuarenta y cuatro años de Agüero sino señalando que ese dia sábado “estábamos en los primeros tiempos del toque de queda”. Como si el dato fuese insuficiente, advierte al lector del año (1972) y de un hecho decisivo para la época: la huelga de los camioneros. No están ausentes explicitaciones más significativas como por ejemplo la referencia a la UP (Unidad Popular). El narrador provee al lector de una explicación que está destinada a aportar datos de la historia fáctica de modo que, la ficción no encubre la referencia histórica y, por ende, el anclaje temporal queda a la vista. Los convidados de piedra es, nada más y nada menos, que la historia de personajes de su tiempo, hombres que viven al margen, que contemplan a la sociedad en el momento histórico que es el que da cierre a la historia: el golpe de estado.
Casi simultáneamente Poli Délano publica En este lugar sagrado (1977), cuyo nombre entre escatológico y paródico anuncia una mirada diferente dei mismo hecho histórico. Este relato, que abre con los célebres versosque nunca faltan en los baños públicos tiene, también, como eje la noche del 11 de septiembre de 1973 y el toque de queda. Para recorrer la historia hacia atrás y llegar al momento de la interrupción del proceso democrático, el espacio elegido es el baño de un cine de Santiago. El protagonista, enfrentado al circunstancial encierro, pensará su vida obedeciendo “a un ligero imperativo de no desperdiciar una ocasión como pocas de llegar a saber algo sobre todo lo que le ha pasado y de comenzar quizás a entender también por qué le pasó” (p.11).
En este lugar sagrado instaura un nuevo lugar para el decir y, del mismo modo que en los regímenes autoritarios la política se torna secreta, la escritura se vuelve metafórica como una forma de narrar lo que sucede y protegerse de la censura. Las referencias al tiempo histórico se fusionan con las cinematográficas generando en el narrador una confusión entre el mundo de la ficción y el de la realidad:
- Pero no te quejes – dice Teresa desde su incipiente madurez y desde la imaginación de Gabriel Canales en el w.c., mientras suenan bombas y sirenas de la película, ¿de la película?, y entonces, ¿por qué no abren? – [...] y siente un estremecimiento de mucha violencia, al escuchar una tupida y prolongada ráfaga de bombas que no le recuerda para nada a la película.” (pp. 202 - 203)
Délano, al igual que Edwards, construye “una matriz de percepción de la realidad individual y social universalizada más allá de los personal, mostrando una posible área de exploración literaria y humana para la literatura chilena” (Vidal) que permite visualizar un clima cotidiano fracturado por la irrupción de un elemento externo que modifica la vida de los protagonistas, en primera instancia, y, de modo simbólico, la de toda la comunidad. Aquellos espacios por los que los hombres circulaban con libertad y sin control reciben ahora, de modo violento, la presencia de otro que despliega y hace visible todo su poder.
Es un tiempo en el que se inmoviliza a la población y la presencia de un poder omnímodo se instala en los espacios públicos y privados. Estos nuevos ‘convidados de piedra’, ingresantes en los grupos excluidos del banquete de la vida y un solitario hombre encerrado en ‘un lugar sagrado’ revisan sus vidas privadas y la de toda la sociedad, vidas que quedan como suspendidas en un tiempo que anuncia muertes, desapariciones, torturas. Comienzan a comprender que
los espacios públicos y laborales quedan permeados por una lógica de la violencia por la cual los actos más atroces son esperados y justificados como consecuencia y posibilidad ‘natural’ de los enfrentamientos masivos y la supuesta necesidad de restablecer una disciplina social alterada por el ‘caos’ político. (Vidal, 1985:27)
La violación de lo cotidiano, la necesidad de construir nuevas condiciones de vida o nuevos lugares para el decir generan situaciones traumáticas. Ambas novelas evidencian la tensión en la que se debaten sus narradores: el orden de lo real y el orden del discurso, el orden del relato de cara con el de la vida, cuestiones éstas que llevan a ambos textos a interrogarse acerca de la posibilidad de representar esa realidad y de la forma en que se realiza el pacto de lectura en condiciones de fuerte control social. Tal como sostiene Beatriz Sarlo (1987:42)
Al debilitar la idea de una relación necesaria y única entre el orden de lo representado y el orden de la representación, los textos más significativos desde este punto de vista refiexionan no sólo sobre el orden de la representación sino también sobre el orden de lo representado. Son, en este sentido, ficciones interrogativas de lo real y autoconcientes de los medios y las formas de su interrogación. [Son] diferentes regímenes de verdad literaria.
Así como Pinochet ocultaba su mirada detrás de anteojos oscuros, Edwards y Délano recubren un tiempo terrible y salvaje con relatos de historias contadas por amigos en una mesa de bar mientras celebran un cumpleaños y en el baño de un cine.
Mientras en Los convidados de piedra hay un narrador que cuenta a la manera del cronista registrando los acontecimientos en un cuaderno, lo que constituye una señal del proceso escriturario, el narrador de En este lugar sagrado escribe en el papel higiénico. Dos lugares manifiestamente contrastantes; uno recurre al primer espacio de la escritura; el otro, a lo más perversamente denigrado. Dos modos de leer el proceso histórico, dos modos de pensar la escritura en etapas dictatoriales, dos modos, en fin, en el que las certidumbres caen y la experiencia no alcanza para explicar lo que se está viviendo. Escribir, contar y estar dentro de lo que se narra funcionan como una forma de búsqueda de sentido y de reacomodamiento en una sociedad que expulsa, especialmente a aquellos que no participan del nuevo proceso.
No se busca escribir la historia oculta o lo que la historiografía ha silenciado; se busca contar lo historia inmediata, la historia de la que es participe el propio escritor aunque para ello se evoquen hechos anteriores o simplemente como dice el narrador de Los convidados...
anotar en un cuaderno los principales sucesos de la semana, consignar testimonios, anécdotas que de otro modo correrían el riesgo de disperse, reconstruir escenas evocadas en una conversación y de las que había tenido, antes de que las voces de aquella conversación confluyeran, se incitaran unas a otras, al calor de una sobremesa o de un encuentro casual (p.l1)
Las dos novelas registran las condiciones de extrema tensión por las que atraviesa la sociedad chilena a partir del de septiembre de 1973 y son una clara muestra de cómo escribir y contar son, en estas circunstancias, tanto un acto político como una expresión de clandestinidad. Ambas encubren un registro testimonial, es decir el modo del que se dispone para salir y contar lo que está sucediendo. Pero también expresan una experiencia que es el miedo: miedo a la muerte y miedo a la vida, particularmente a una vida que queda desnuda, sin lazos de continuidad, desprotegida. Y es en esta circunstancia que cobra significación lo que Raúl Zurita denomina ‘la privatización de la lengua, su recluimiento a la esfera de la individual (el soliloquio) y de lo estrictamente familiar”[5],es decir que la comunicación sólo será posible en “lugares sagrados” o en mesa de amigos en la que muchas veces se callan o se encubren hechos o acontecimientos que se víven al mismo tiempo que la propia narración.
En tiempos de terror y violencia los circuitos comunicativos privados, interpersonales, familiares, semipúblicos y institucionales sufren un fuerte control y generan, casi necesariamente, comportamientos que son modos de auto-represión. Délano acude, entonces, a un lugar público que al mismo tiempo es privado y recurre al monólogo como expresión absoluta de la cancelación del diálogo.
La novela alude tanto al proceso de escritura como al de lectura pero apartándose de las formas convencionales: la escritura aparece en las paredes del baño y es la realizada por otros ‘autores’; la del narrador encuentra su lugar en el papel higiénico. La misma operación se realiza con la lectura: el narrador/escritor lee su propio texto en el papel higiénico y lee el de los demás versos que aparecen en las paredes. En esta novela el cuerpo es el actor principal ya que queda absolutamente al descubierto, cuestión que se vincula con una momento en el que el cuerpo estaba totalmente al descubierto y francamente desprotegido. El cuerpo de la Patria, el Estado, el de los hombres estaban quebrados, violados; el cuerpo de la novela y el del hombre quedan expuestos en un grado de intimidad absoluta. Cuando deja ese lugar, el protagonista enfrenta un nuevo escenario: “Si en su camino a la micro pasa usted frente al Palacio de gobierno, La Moneda en este caso, y lo ve destruido, incendiado, una sola fachada en ruinas, comprenderá que las cosas son mucho más graves de lo que parecen a simple vista.”(p. 251)
En Los convidados.., se cierran las puertas para permitir que la historia se concentre en un espacio público que, como consecuencia de la imposibilidad de ser abandonado, se transforma en el lugar de unos pocos. Los protagonistas se han ido del espacio público porque éste está vaciado de contenido colectivo. De este modo se logra que “la situación histórica general de la época [aparezca] como una atmósfera total que empapa todos los espacios vitales particulares” (Auerbach: 1996: 445). Cuando abandonan el lugar el horror se corporiza en nuevas imágenes: “dos camiones de hierro, de esos de ruedas y parachoques altos, que avanzaban con relativa lentitud y cuya carga estaba cubierta por una lona blanquecina y sucia. ¡Marta!, dije: ¡Mira! ¿Qué llevarán esos camiones? (Los convidados... p.363)
La voz narradora de Los convidados..., voz de un testigo, recorre la historia chilena colocándose al margen de la propia historia y, desde la dedicatoria y la nota introductoria buscando marcar su colocación como cronista, como espectador de lo que allí se va a contar.
Los convidados... y En este lugar sagrado, como otras novelas escritas durante estos años, se constituyen en zonas de resistencia desde donde es posible mirar con ojo estrábico a la realidad: por un lado tenerla en cuenta, hablar de ella, aproximarse y tratar de representarla ficcionalmente. Por otro, desconfiar y buscar una posición distante dado que, sólo desde un lugar ‘oblicuo’ y a través de metaforizaciones será posible registrarla, es decir operar sobre un lenguaje que debe ser modificado para obtener una transformación. Encontrar, finalmente, un lugar ex-céntrico como puede ser un baño de caballeros o un bar como lugar posible para materializar el interés por los asuntos públicos y producir un discurso que dé cuenta de la complejidad del tiempo que se vivía.
Referências Bibliográficas:
BALDERSTON, Daniel et al. Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar. Buenos Aires: Alianza, 1987.
GARRETÓN, Manuel Antonio. Hacia una nueva era política. Estudios sobre las democratizaciones. Chile: Fondo de Cultura Económica, 1995.
RICHARD, Nelly. La insubordinación de los signos (cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis). Chile:Editorial Cuarto Propio, 1994.
VIDAL, Hernán (editor). Fascismo y experiencia literaria. Reflexiones para una recanonización Minneapolis, Minnesota: Institute for study of ideologies and literature, 1985.
[1] En Richard, Nelly. La insubordinación de los signos (cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis). Chile: Editorial Cuarto Propio, 1994. p. 14
[2] Polí Délano crea ficcionalmente ese espacio en un baño en el que repasa la historia pasada y la reciente. El espacio escriturario elegido es el rollo de papel higiénico. Paradójicamente es En este lugar sagrado, el sitio de las mediaciones institucionales fue ocupado por un espacio público (un W.C. de un cine) pero que es el ámbito más privado que posee el hombre. Cf. Délano Poli En este lugar sagrado. La Habana: Casa de Ias Américas. Colección La Honda, 1983. Se cita por esta edición.
[3]Este aspecto es desarrollado por RaúI Zurita en “Chile: literatura, lenguaje y sociedad (1973 - 1983)” en Vidal, Hernán (editor). Fascismo y experiencia Iiteraria: reflexiones para una recanonización. Minneapolis, Minnesota: lnstitute for the study of ideologies and literature, 1985. pp. 299 – 331.
[4] Carta fechada en Santiago el 08/01/79, en Jorge Edwards’ Papers. Universíty of Princeton, Princeton, New Jersey, U.S.A.
[5] Cf. Zurita, Raúl. “Chile: literatura, lenguaje y sociedad (1973 - 1983)” en Vídal, Hernán, op.cit.